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martes, 19 de junio de 2007

el cine español era una fiesta

Y lo que viene ahora son algunas ideas, completamente irreflexivas, como me corresponde, sobre el cine español, la ley del cine que se nos viene encima, y todo eso.

Resulta que Alberto, en Libro de Notas, citando a Ónega, nos pregunta qué opinamos del cine español y de la ley que se nos viene encima. Yo, que soy un chico obediente y sin saber sobre la ley nada más que lo que dicen los periódicos (con lo que eso supone: periodistas hablando de cine y leyes, para echarse a temblarrrr) lanzo las siguientes afirmaciones, gratuitas por supuesto:

- El cine español no es tan bueno como creen los que lo hacen ni tan malo como dicen los que no lo ven. Hay algunas, pocas, pelis buenas y otras muchas malas de solemnidad. Malas por pretenciosas, por revanchistas, por retrógradas, por revisionistas,... Y las que son buenas lo son porque emocionan, porque hacen reir, porque cuentan historias verosímiles, porque están bien interpretadas, dirigidas, etc.

- Somos catetos y cainitas. Lo primero nos lleva a adorar de forma similar infumables bodrios iraníes y la penúltima idiotez de sandra bullock. Productos ambos tan lejanos de nuestra sensibilidad, nuestra cultura, de nuestra forma de ver el mundo que sólo si los observáramos como un documental merecerían la pena. Lo segundo nos hace tener dos varas de medir (qué español es eso). Nos hace pedirle al cine español lo que no nos puede dar y no apreciar lo que sí nos da.

- No hacía falta una ley del cine para que todo siga igual. Y si hacemos una, que no sea para obligar a que haya un peli española en cartel por decreto porque, acto seguido, una de dos, o los distribuidores y dueños de las salas se van a la puerta del ministerio a pedir el dinero que antes iba a los productores (tan contentos ellos de poder "colocar" fácilmente sus bodrios", o bien, empezarán a cerrar (todavía más) los cines, llevándonos a las afueras de las ciudades a ver, otra vez, a sandra bullock.

- Una propuesta: pongamos a competir a las pelis en igualdad de condiciones en lo que podemos (no hablo de promoción, notoriedad de los actores, o así. Al menos para esto último, tendríamos que pedirle a Pe que empezara por el producto nacional y se dejara de americanismos). Un buen doblaje, y en españa es de los mejores pues 50 años nos contemplan, hace que hasta madonna sea buena actriz mientras que a la pataky, que está muy buena, eso sí, ni garci es capaz de hacerla decir una frase con un mínimo de talento. Así que, el cine en las salas en V.O. Ya de paso podríamos hacer que el nivel de inglés de los españolitos mejorara un poquito y, mira tú, dos pájaros de un tiro.

-Ah!, pero es que si hacemos eso los del doblaje se ponen en huelga. Pues son idiotas, les diría yo. Con 6 canales de televisión nacional y otros tantos autonómicos en abierto y mil más en codificado, más la TDT, más las series, más ... hay mercado para ellos. El doblaje no se acaba en el cine, es más, me da que debe ser el menor de los negocios. Sería mucho aspirar a una tele como la holandesa donde todo, sí, sí, TODO, está en V.O.

- Otra cuestión es decidir si jugamos en la liga de los artistas-creadores o en la de los empresarios-industriales. Eso en américa lo tiene claro. Han creado hasta un marca paralela llamada sundance y hasta Antonio Banderas lo ha entendido. Hay tarta para todos en las dos ligas pero, de la misma forma que nadie compararía en su sano juicio Torrente con Pequeña Miss Sunshine, por poner un ejemplo, no podemos querer competir frente a terminator 5 con un drama intimista ambientado, cómo no, en la posguerra en el que una mujer adelantada a su tiempo tiene que luchar por sacar adelante a su familia mientras intenta esquivar sin que se note al coronel franquista que se ha enamorado de ella y que, sin él saberlo, es el asesino de su marido.

- Si, con todo eso, el cine español sigue yendo mal, a los señores del cine les digo, ¿no será que van ustedes desnudos, como el emperador, y nadie se lo ha dicho hasta ahora?

Ale y después de estos pensamientos à la licenciado vidriera, cómo dice Alberto en su columna, a posicionarse! Ar!

lunes, 19 de febrero de 2007

La redécouverte

Hace ahora más de diez años, va para trece, que lo conocí. Durante una Semana Santa fue mi profesor particular del dibujo técnico de primero de una carrera que intenté hacer con poca convicción y menos éxito.

No aprobé ese año, aunque sí al siguiente. No gracias a sus enseñanzas, sino a las de una academia de nombre absurdo. O tal vez sí, y lo que pasó es que lo que aprendí aquella semana tardó en fraguar algunos meses más, no sé.
Supongo, porque no lo sé, nunca lo supe, que tenerme aquella semana santa en su casa no fue idea suya, sino más bien de su mujer y de mi madre, primas hermanas de una familia hecha a base de impulsos. Maldita la gracia que le haría a él, supongo porque no lo sé, profesor de profesión (las redundancias nunca valen), en sus vacaciones tener que alargar el trabajo, en su propia casa y con un desconocido, pariente y lejano de su mujer.

Supongo que pensaría dedicar esos días a la escultura, porque eso es lo que era. Escultor, usualmente en piedra. Aunque aquellos días andaba enfrascado con otro tipo de obra: un violín. No, no era músico. Ya les digo, era escultor. Pero debió pensar que contruir un violín con las técnicas, materiales, barnices, manuales del siglo XVII (o XVIII, qué más da) era una obra de arte más.

Me dejaba en su estudio intentando dibujar levantamientos a partir de plantas y alzados imposibles y él salía al jardín de su casa. Un jardín donde convivían algunas de sus esculturas, varias gallinas de esas de patas gordas y con plumas, algún faisán y enormes árboles, no muchos. Salía al jardín para terminar de construir una escalera de escalones anchísimos a partir de traviesas usadas de tren que alguien le había dado (o vendido o robado, ya digo, qué más da). Unas traviesas que iban en la parte de atrás del coche el día que me recogió para ir a su casa, el día que lo conocí, unas traviesas que olían como huelen las traviesas del tren, mezcla de grasa, madera mojada y no sé que otras cosas, pero que es un olor inconfundible.

Mientras, yo me quedaba en su estudio, intentando dibujar algo pero mi inutilidad insuperable y la cantidad de cosas más divertidas que había allí me lo impedían. Era imposible no quedarse viendo las maquetas, los esbozos, las fotografías, los tintes para la madera a partir de claras o yemas de huevo,... Y el violín. Relleno de globos hinchados en su interior, tratando de empujar a la madera para que se combara lo suficiente. Allí aprendí lo que es el alma de los instrumentos.

Sólo pasé una semana en una casa, su casa. Suya de propiedad pero, sobre todo, suya de creación (también de su mujer, supongo, ya digo, no lo conocía lo suficiente). Había obras suyas en el salón, en la cocina, incluso en la pared de un baño, una pieza de cerámica incrustada. No les engañaré diciendo que marcó mi vida ni que sus enseñanzas fueron clave (ya les digo, ni siquiera conseguí aprobar). Simplemente me cayó bien, muy bien. Alguien que se esforzó en que aprendiera a dibujar a pesar de mi evidente desinterés y la notoria incapacidad. Aún conservo, después de tantas mudanzas, un pedazo de madera en forma de cubo de unos dos o tres centímetros de lado que él cortó y me dió para que intentara ver cómo debía estar dispuesto para proyectar aquellas sombras imposibles que eran la planta y el alzado que había que levantar. "Si lo ves en el espacio, lo verás en el plano", decía.

Después de aquella semana, volví a su casa un par de veces más. La primera, a una cena en el jardín. No recuerdo demasiado de aquella noche. No sé ni porqué fui. Era una cena familiar de una familia que no era la mía, aún siendo familia. No recuerdo casi nada. Me imagino que no lo pasaría ni bien ni mal sino todo lo contrario.

La siguiente, un día de enero lluvioso como sólo llueve en la sierra de Madrid en invierno. Frío y triste. De ese día sí que recuerdo más cosas. Recuerdo haber visto a una chica sentada en la escalera, sin parar de llorar, con la nariz enrojecida y los ojos tan rasgados que casi ni se le veían. Recuerdo el ruido de los murmullos de la gente, solo superado por el del agua cayendo sobre la cubierta del porche y recuerdo la escalera de traviesas escurrir el agua que no paraba de caer.
Si les apetece y les pilla por Madrid, hasta el 4 de marzo, en el Centro Cultural de la Villa tienen una retrospectiva de su obra. A mí me sirvió para redescubrirlo, recordarlo. Vayan y me cuentan qué les parece. Por si necesitan más referencias, el sábado hablaron de ella en Babelia (de donde he tomado prestada la foto).