Crédito
Seguro que alguna vez les has pasado eso de llegar al mostrador de recepción de uno de esos edificios de oficinas enormes y que una señora, cuyo pelo ha estado teñido durante las últimas dos décadas y media, les pida, sin ni siquiera mirarles a los ojos, el dni y les pregunte, casi escupa, eso de “¿de qué empresa viene?” o lo de “¿a dónde va?” molestas, casi ofendidas, porque alguien ose dirigirse a ellas.
No se engañen, esas señoras no les hablan así por casualidad sino porque creen que aún les queda crédito para hacerlo. El crédito que les dio ser, en algún momento de alguna glaciación anterior, lo más en (rancia) belleza patria, sin importar otros talentos.
Como esas imágenes de las azafatas de Iberia de los 60, algunas de las cuales todavía pueden verse en algunas rutas nacionales conservando los aires y modos de quien fue, un día, mito sexual de una trupe de españolitos que se creían ejecutivos y volaban en el recién estrenado puente aéreo.
Esas mujeres, cuyo único crédito para tratar así al resto de la humanidad es un pasado de belleza pasada o de cierto atractivo, igualmente pasado, ignoran que el saldo de su crédito está a cero desde hace tiempo y, aún así, continúan extendiendo cheques de mal rollo y peores formas que sus cuerpos ya no pueden pagar.
Esto del crédito es algo difícil de asumir porque, al igual que en otras cosas, no todos tenemos el mismo crédito ni todos los créditos duran igual ni valen lo mismo.
Los que nacen bajos o gordos o feos tienen un crédito muy limitado y tienen que invertir en otros valores diferentes para suplir su déficit con otros activos. La simpatía, el humor, tocar la flauta o apuntarse a un gimnasio, lo que sea para tratar de sobrevivir en la economía de este mercado. Otros, los que nacen con todo eso junto, no les queda otra que abrir un blog, cambiarse el nombre y hacerse llamar Doctor. Y ni así. Pobres.
Siempre habrá, eso sí, gente que siga viviendo toda su vida de un crédito tan efímero, incluso años después de que desaparezca. Sin ser conscientes (o tal vez sin querer darse cuenta) de que nada, ni siquiera la jenka (por más que dijeran que era el baile de moda en los cuarenta y ahora en los ochenta enrolla mucho más) dura para siempre. Y sin embargo, algunas siguen creyendo que son las reinas del instituto (bueno, eso en el caso de que llegaran tan lejos en su educación).
Porque ese es el problema: cuando se acaba el crédito. Como ir a un cajero y que te diga que has excedido tu límite o ir marcar con el móvil y que oír una voz metálica recordándote que tu crédito se ha agotado (hay que ver los crueles que son esos ingenios del demonio). Mientras tenemos crédito podemos hacer lo que nos dé la gana. Reírnos de los patéticos moscones de discoteca, colarnos en el supermercado, regalar una flor a una desconocida. Pero cuando se acaba, es mejor asumirlo y buscar algo nuevo en lo que invertir nuestros doblones.
No hay nada más patético que ir a una reunión de antiguos-lo-que-sea y ver cómo la gente trata de comportarse como solía en una especie de día de la marmota grotesco. Sobre todo porque, habitualmente los otrora guapos ahora están más calvos y/o gordos y las anteriormente-conocidas-como las buenorras tienen, como me dijo el otro día una amiga, sus encantos unos cuantos centímetros por debajo de donde habían estado.
Hay algunos que, hartos de ser pobres, de ser los que se quedan fuera en las fiestas, deciden asaltar un banco y se operan. O van a cambio radical. Pero ya se sabe, en el caso de que no te pillen, tienes que pasarte el resto de tu vida disimulando y aparentando ser lo que no eres (y ya se sabe lo que hacen las costuras a quien no está acostumbrado). Miren al Dioni.
Lo bueno de no tener tanto es que, con el tiempo, sólo se puede mejorar, en lo que yo llamo la justa redistribución de la riqueza (al final, todos calvos, que diría mi abuelo).
Así que, ya saben, paciencia si disponen de algo de este crédito del que les hablo, no lo malgasten y, sobre todo, cuando se queden sin él no actúen como si aún fuesen multimillonarios. Mantengan la dignidad.
No se engañen, esas señoras no les hablan así por casualidad sino porque creen que aún les queda crédito para hacerlo. El crédito que les dio ser, en algún momento de alguna glaciación anterior, lo más en (rancia) belleza patria, sin importar otros talentos.
Como esas imágenes de las azafatas de Iberia de los 60, algunas de las cuales todavía pueden verse en algunas rutas nacionales conservando los aires y modos de quien fue, un día, mito sexual de una trupe de españolitos que se creían ejecutivos y volaban en el recién estrenado puente aéreo.
Esas mujeres, cuyo único crédito para tratar así al resto de la humanidad es un pasado de belleza pasada o de cierto atractivo, igualmente pasado, ignoran que el saldo de su crédito está a cero desde hace tiempo y, aún así, continúan extendiendo cheques de mal rollo y peores formas que sus cuerpos ya no pueden pagar.
Esto del crédito es algo difícil de asumir porque, al igual que en otras cosas, no todos tenemos el mismo crédito ni todos los créditos duran igual ni valen lo mismo.
Los que nacen bajos o gordos o feos tienen un crédito muy limitado y tienen que invertir en otros valores diferentes para suplir su déficit con otros activos. La simpatía, el humor, tocar la flauta o apuntarse a un gimnasio, lo que sea para tratar de sobrevivir en la economía de este mercado. Otros, los que nacen con todo eso junto, no les queda otra que abrir un blog, cambiarse el nombre y hacerse llamar Doctor. Y ni así. Pobres.
Siempre habrá, eso sí, gente que siga viviendo toda su vida de un crédito tan efímero, incluso años después de que desaparezca. Sin ser conscientes (o tal vez sin querer darse cuenta) de que nada, ni siquiera la jenka (por más que dijeran que era el baile de moda en los cuarenta y ahora en los ochenta enrolla mucho más) dura para siempre. Y sin embargo, algunas siguen creyendo que son las reinas del instituto (bueno, eso en el caso de que llegaran tan lejos en su educación).
Porque ese es el problema: cuando se acaba el crédito. Como ir a un cajero y que te diga que has excedido tu límite o ir marcar con el móvil y que oír una voz metálica recordándote que tu crédito se ha agotado (hay que ver los crueles que son esos ingenios del demonio). Mientras tenemos crédito podemos hacer lo que nos dé la gana. Reírnos de los patéticos moscones de discoteca, colarnos en el supermercado, regalar una flor a una desconocida. Pero cuando se acaba, es mejor asumirlo y buscar algo nuevo en lo que invertir nuestros doblones.
No hay nada más patético que ir a una reunión de antiguos-lo-que-sea y ver cómo la gente trata de comportarse como solía en una especie de día de la marmota grotesco. Sobre todo porque, habitualmente los otrora guapos ahora están más calvos y/o gordos y las anteriormente-conocidas-como las buenorras tienen, como me dijo el otro día una amiga, sus encantos unos cuantos centímetros por debajo de donde habían estado.
Hay algunos que, hartos de ser pobres, de ser los que se quedan fuera en las fiestas, deciden asaltar un banco y se operan. O van a cambio radical. Pero ya se sabe, en el caso de que no te pillen, tienes que pasarte el resto de tu vida disimulando y aparentando ser lo que no eres (y ya se sabe lo que hacen las costuras a quien no está acostumbrado). Miren al Dioni.
Lo bueno de no tener tanto es que, con el tiempo, sólo se puede mejorar, en lo que yo llamo la justa redistribución de la riqueza (al final, todos calvos, que diría mi abuelo).
Así que, ya saben, paciencia si disponen de algo de este crédito del que les hablo, no lo malgasten y, sobre todo, cuando se queden sin él no actúen como si aún fuesen multimillonarios. Mantengan la dignidad.