Niño, deja ya de joder con la pelota...
Imaginen: Toledo, primeros años 80. Un niño de unos 5 u 6 años monísimo (ese era yo) y un poco repelente, para ser honestos, se dispuso, a eso de las 10:30 de la noche a ver una peli, de la segunda cadena entonces, que, según había leído en el periódico (ya les dije que era un poco repelente, en realidad, bastante, casi tanto como ahora), era muy buena: "El Imperio de los Sentidos". Seguramente entonces con dos rombos todavía. La madre del repelente le dice:"¿Qué haces? esta película no es para niños" y él respondió: "¿por qué? si vosotros decís que las películas de violencia no son para niños, y esta no es violenta, que lo he leído en el periódico". Hay que joderse con el niñato, debió pensar. No ví la peli, claro, no se podía discutir.
Varios años después, en pleno boom de las hombreras de los primeros 90, ese niño, convertido en un preadolescente escucha de su padre: "No quiero que vayáis a ver Pretiúman, no es una película para vosotros". Claro, pobre. Leyó algo de una puta, un tiburón de las finanzas, uf!. Demasiado para el niño, debió pensar. Menos mal que a esas alturas la autoridad paterna era algo cuestionable y, eso sí, de estrangis me fui al cine a verla (algo muy difícil en aquella época teniendo en cuenta que sólo había dos cines en todo toledo).
Y es que así son ellos. Mis padres, quiero decir. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Sus normas inquebrantables, sus manías. etc. Les hablaría largo y tendido de ellos y ellas pero es que resulta que me leen. Sí. mis padres me leen. A veces incluso comentan.
Ellos, históricamente reacios a las nuevas tecnologías (desde el tocadiscos, el vídeo o el microondas hasta el ordenador, sin ir más lejos), cuando las han abrazado, lo han hecho con la fe del converso y ahí están, al otro lado. Leyendo estas historias, a veces reales, a veces no tanto, comentando e, incluso, recomendando algunas entradas entre sus respectivas trupes.
Así que ya saben. Mis padres me leen por lo que, si alguna vez les cuento alguna historia que les tenga como protagonistas, voluntarios o involuntarios, no sean demasiado duros con ellos. Al fin y al cabo, lo hacen lo mejor que pueden.
Como dijo Sánchez Arévalo en los Goya, gracias papá y mamá por llenarme de amor y traumas para contar todas estas tonterías que se me ocurren.
Besos y abrazos.
Varios años después, en pleno boom de las hombreras de los primeros 90, ese niño, convertido en un preadolescente escucha de su padre: "No quiero que vayáis a ver Pretiúman, no es una película para vosotros". Claro, pobre. Leyó algo de una puta, un tiburón de las finanzas, uf!. Demasiado para el niño, debió pensar. Menos mal que a esas alturas la autoridad paterna era algo cuestionable y, eso sí, de estrangis me fui al cine a verla (algo muy difícil en aquella época teniendo en cuenta que sólo había dos cines en todo toledo).
Y es que así son ellos. Mis padres, quiero decir. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Sus normas inquebrantables, sus manías. etc. Les hablaría largo y tendido de ellos y ellas pero es que resulta que me leen. Sí. mis padres me leen. A veces incluso comentan.
Ellos, históricamente reacios a las nuevas tecnologías (desde el tocadiscos, el vídeo o el microondas hasta el ordenador, sin ir más lejos), cuando las han abrazado, lo han hecho con la fe del converso y ahí están, al otro lado. Leyendo estas historias, a veces reales, a veces no tanto, comentando e, incluso, recomendando algunas entradas entre sus respectivas trupes.
Así que ya saben. Mis padres me leen por lo que, si alguna vez les cuento alguna historia que les tenga como protagonistas, voluntarios o involuntarios, no sean demasiado duros con ellos. Al fin y al cabo, lo hacen lo mejor que pueden.
Como dijo Sánchez Arévalo en los Goya, gracias papá y mamá por llenarme de amor y traumas para contar todas estas tonterías que se me ocurren.
Besos y abrazos.

