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lunes, 23 de abril de 2007

Niño, deja ya de joder con la pelota...

Imaginen: Toledo, primeros años 80. Un niño de unos 5 u 6 años monísimo (ese era yo) y un poco repelente, para ser honestos, se dispuso, a eso de las 10:30 de la noche a ver una peli, de la segunda cadena entonces, que, según había leído en el periódico (ya les dije que era un poco repelente, en realidad, bastante, casi tanto como ahora), era muy buena: "El Imperio de los Sentidos". Seguramente entonces con dos rombos todavía. La madre del repelente le dice:"¿Qué haces? esta película no es para niños" y él respondió: "¿por qué? si vosotros decís que las películas de violencia no son para niños, y esta no es violenta, que lo he leído en el periódico". Hay que joderse con el niñato, debió pensar. No ví la peli, claro, no se podía discutir.

Varios años después, en pleno boom de las hombreras de los primeros 90, ese niño, convertido en un preadolescente escucha de su padre: "No quiero que vayáis a ver Pretiúman, no es una película para vosotros". Claro, pobre. Leyó algo de una puta, un tiburón de las finanzas, uf!. Demasiado para el niño, debió pensar. Menos mal que a esas alturas la autoridad paterna era algo cuestionable y, eso sí, de estrangis me fui al cine a verla (algo muy difícil en aquella época teniendo en cuenta que sólo había dos cines en todo toledo).

Y es que así son ellos. Mis padres, quiero decir. Con sus cosas buenas y sus cosas malas. Sus normas inquebrantables, sus manías. etc. Les hablaría largo y tendido de ellos y ellas pero es que resulta que me leen. Sí. mis padres me leen. A veces incluso comentan.

Ellos, históricamente reacios a las nuevas tecnologías (desde el tocadiscos, el vídeo o el microondas hasta el ordenador, sin ir más lejos), cuando las han abrazado, lo han hecho con la fe del converso y ahí están, al otro lado. Leyendo estas historias, a veces reales, a veces no tanto, comentando e, incluso, recomendando algunas entradas entre sus respectivas trupes.

Así que ya saben. Mis padres me leen por lo que, si alguna vez les cuento alguna historia que les tenga como protagonistas, voluntarios o involuntarios, no sean demasiado duros con ellos. Al fin y al cabo, lo hacen lo mejor que pueden.

Como dijo Sánchez Arévalo en los Goya, gracias papá y mamá por llenarme de amor y traumas para contar todas estas tonterías que se me ocurren.

Besos y abrazos.

jueves, 15 de marzo de 2007

a propósito de Lovecraft


A lo que parece, hoy es el aniversario, el septuagésimo para ser exactos, de la muerte de HP Lovecraft.

Para aquellos cuyo nivel de frikismo se mantenga dentro de parámetros normales (dentro de esos que aparecerían en una columna al lado de los resultados de un análisis) les diré que fue un escritor de historias de monstruos, demonios, Primigenios, Nyarlathotep y, sobre todo, de Cthulhu (el bicho de la foto).

Si tienen curiosidad, buceen en la wikipedia (no aporta tanta información como de El Señor de los Anillos, pero tampoco se queda corta).
Para celebrarlo les contaré dos cosas relacionadas con Cthulhu.
La primera es que yo jugué, de hecho jugaba bastante, a La Llamada de Cthulhu. Nosotros lo llamábamos el tulú o jugar a tulú, aunque algún listillo dijo que había leido en algún sitio (ya me dirán dónde si en los primeros noventa no había internet ni wikipedia) que se pronunciaba kutuljú. Pues eso, el tulú.

Era un juego de rol. Antes de que fueran malos, malísimos, generadores de violencia infantil y eso. Fue la evolución desde el Dungeons and Dragons (jugar a dragones, decíamos) y antes de descubrir las videoconsolas y otras aficiones peores (algún amigo siguió jugando con dragones, pero de otro tipo)
El tulú era un juego cachondo. Si en dragones tenías que ser elfo, enano o mago, en el tulú podías ser aristócrata, soldado o, lo que a mí más me gustaba, diletante. Diletante, ¿se dan cuenta?. Un tipo, por supuesto bien parecido, con carisma, interesado por las bellas artes, con lo justo para ser capaz de mantener una conversación de casi cualquier tema durante un cóctel. Como el juego estaba ambientado en 1920 era diletante. Si fuese en los tiempos actuales, el personaje sería un blogger, vamos un pseudo doctor que dice tonterías con mejor o peor periodicidad (lo ven, las historias se repiten, ayer diletante imaginario, hoy doctor, si es que no cambio).

Les dejo unos minutos para que piensen algún comentario realmente ingenioso sobre este pasado oscuro de jugador de rol.
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Ya? seguimos.
La otra historia es más graciosa. En el instituto se organizaba todos los años un concurso de relato corto. El jurado lo componían las vacas sagradas del departamento de literatura. Auténticos pesos pesados,algunos con obras publicadas y todo. Era su certamen, no dejaban que otros profesores metieran mano ni hocico en las obras presentadas. Ellos se lo guisaban y ellos se lo comían.
Para el ganador había dos premios: uno para el cuerpo, consistente en una estupenda calculadora científica de última generación (estoy seguro que, si hoy se sigue celebrando, el regalo será un ipod o una pda o algo así). El otro regalo era para el espíritu. El relato salía publicado en la revista del instituto. Ese número anual que te daban con las notas de junio, donde aparecían las fotos de los de cou que terminaban ese año, las del equipo ganador de la liga interna de futbito, un artículo del de música, unas fotos y la crítica del montaje anual de los de teatro, etc.
Un año, uno que era mi amigo y que, digamos, se llamaba Alfredo, presentó su relato y ganó. Era un relato fantástico, de terror, con criaturas malignas y todo eso. Supongo que el jurado de sabios destacó su imaginación y estilo, la coherencia interna, su gran ambientación casi decimonónica, incluso en el estilo de la escritura,blablablablabla....
Mi amigo Alfredo recogió su calculadora y, supongo, en junio sus notas y su revista. Como era un tipo muy apañao y bastante de letras, por cierto, vendió la calculadora a no sé quién por una pasta. Hasta ahí todo bien.
Al principio del curso siguiente, un día, me confesó lo siguiente:

Parece ser que los profesores de literatura miembros del jurado estaban flipados con el relato y lo habían estado cacareando sin cesar en la sala de profesores (ese microcosmos del que algunas de mis maestras favoritas podrían y deberían escribir largo y tendido). Que si menudo relato, que si el tío tiene talento, que si qué pensa que se vaya a desperdiciar, lo típico. El resto de profesores que si dejadnos leerlo, que quién es el chico. Y ellos que no podemos decirlo todavía, que es secreto, que ya lo leeréis en la revista.
Así que, una vez puestas las notas, hechos los exámenes de recuperación y cerradas las evaluaciones, los profesores que se quedaban en el instituto haciendo tiempo hasta el 15 de julio se leyeron la revista.
Y hete aquí que, como frikis los hay en todas partes, donde menos te lo esperas, una profesora recién licenciada y con la oposición calentita, de inglés, creo, reconoció en el relato de Alfredo la pluma del señor Lovecraft. Y claro, para qué quieren más. Lo más suave que se oyó fue que vaya camelo, que os la han colao, y tal. Vamos, que hubo juerga a costa de los literatos.
Alfredo me contó que le llamaron a casa ese verano, que fuera al instituto. Le preguntaron y reconoció el plagio.
Los gurús de las letras, abochornados e indignados a partes iguales decidieron no darle publicidad (más). Supongo que, sobre todo, por ellos, por no tener que reconocer que se habían la había metido doblada. Total, nadie se leía la revista y sólo alguien muy friki reconocería el relato. Eso sí, cometieron lo que, en mi opinión, fue un acto de injusticia mayúscula: obligaron a Alfredo a devolver el premio.

Cuando me contó esto, Alfredo andaba agobiado porque había dicho que se había llevado la claculadora al pueblo y que la devolvería al inicio del curso y ya se la habían pedido. Lo malo era que las 15.000 pelas que le habían dado por ella se las había fundido ese verano y una nueva costaba casi el doble y, con 16 años, de dónde sacabas ese dinero porque, por supuesto, nadie más sabía nada.
Al final, consiguió la pasta, compró la calculadora y la devolvió. Tremenda injusticia, ya digo.
Hasta hoy no me había vuelto a acordar de esa historia. Hasta que he leido en varios blogs homenajes o recordatorios más o menos explícitos de Lovecraft.
Por cierto, todavía tengo el libro del tulú, por si alguien lo quiere. También ofrezco un juego de varios dados de rol de diversas caras y algunas figuras de elfos y enanos de plomo con su peana y todo.


viernes, 9 de marzo de 2007

recomendación




Y para terminar la semana, un poco de publicidad patria. No se pierdan este domingo a las 21:15 en La 2 el programa CIUDADES PARA EL SIGLO XXI, dedicado a Toledo.

Y si después les entran las ganas, pues ya organizamos un Malcolm Tour.

Que tengan un buen fin de semana


PD: gracias anónima